Nietzsche y los alias
Hoy en día todo tiende a lo digital. Por muchos motivos se están dejando de lado las tecnologías análogas, que tratan con señales continuas (la mayoría de las señales en el mundo se pueden clasificar en este grupo), y se opta por el procesamiento del equivalente de dichas señales en un entorno discreto o digital. Una de las diferencias más importantes entre señales análogas y digitales es que en las primeras el tiempo es continuo (es decir el tiempo puede puede tomar cualquier valor), mientras que en las segundas, el tiempo solo puede tomar valores discretos (asociados a los momentos de muestreo). El proceso que convierte las señales de tiempo continuo a tiempo discreto se llama Muestreo.
Los Alias son una consecuencia directa del Muestreo, y corresponden a uno de los fenómenos más llamativos asociados a este proceso de conversión. Básicamente y como muestra la siguiente figura, se configura un fenómeno de alias cuando para una señal digital existen múltiples (infinitas) señales análogas correspondientes. Dicho de otra manera, los Alias corresponden a un conjunto infinito de señales análogas que son idénticas en el dominio digital.
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| Explicación del fenómeno de Alias: Las dos señales continuas (Azul y Roja) coinciden en los momentos de muestreo, por lo tanto se ven idénticas en el dominio discreto. |
Como una señal puede ser cualquier cosa (un fenómeno, una variable física, una cantidad que representa información), lo dicho anteriormente significa que las señales digitales pudieran tener infinitas representaciones o significados a la hora de devolverlas al mundo análogo.
¿Y por qué empieza este texto con semejante perorata técnica sobre señales análogas y digitales, y sobre el proceso de conversión?
Pues porque entre los muchos aforismos atribuidos a F. Nietzsche, está aquel que resume una de sus contribuciones más grandes a la filosofía: “No hay hechos, solo interpretaciones”.
En una primera instancia (histórica, lógica, cultural), se podría pensar que los hechos objetivos (independientes) existen y que el ser humano se dedica a tratar de aproximarse lo más posible a dichos hechos, a partir de sus interpretaciones. Aquello que llamamos “verdad” sería la interpretación que mejor se aproxime al hecho, en un contexto y momento adecuados. Esto se parece mucho al tema de los Alias, porque para un hecho concreto de la realidad, puede haber tantas interpretaciones diferentes como seres humanos.
Pero Nietzsche va más allá al decir que no hay hecho, o que si el hecho objetivo existe, simplemente estamos impedidos como seres humanos para alcanzarlo. Esta postura arrasa con siglos de búsqueda metafísica (históricamente, una de las banderas de la filosofía) y de paso plantea la cuestión de si todas las interpretaciones son válidas o están al mismo nivel, o hay interpretaciones más valederas que otras. En todo caso, se podría decir (sin hacer juicio de valor), que para un supuesto hecho hay muchas interpretaciones posibles (como con los alias descritos antes).
Por supuesto que todo este pajazo mental de comparar el fenómeno de los Alias en las señales, con el tema de las interpretaciones, y de la Hermenéutica de la realidad, tendría algún sentido si se pudiera demostrar que la realidad que vivimos, el mundo de los hechos, tiene de alguna manera su dominio discreto. El dominio que vivimos en la cotidianidad se rige por tres dimensiones espaciales y una cuarta temporal.
Hasta donde sabemos, dichas dimensiones son continuas (es decir, siempre habrá un espacio entre dos posiciones espaciales diferentes, por muy cerca que se encuentren). Sin embargo, diversos estudios apuntan a que cuando se trata de distancias muy pequeñas (del orden de la Longitud de Planck), el espacio se comporta como si estuviera cuantizado, o dicho de otra manera, como si fuera discreto. Si hubiera manera de hacer un zoom infinitesimal a nuestro espacio cotidiano, y poder “ver” las cosas que ocurren en esas distancias, a lo mejor seríamos capaces de percibir una suerte de pixeles, que vistos desde lejos y a escala humana, parecen formar un continuum.
La mecánica cuántica postuló hace poco más de un siglo que la energía en sus diversas manifestaciones (la luz, por ejemplo) es de naturaleza discreta. Esta vuelta de tuerca adicional viene a proponer que también el espacio físico está cuantizado. Otras interpretaciones científicas de nuestro universo apuntan a cierta lógica que sugiere que estamos en un entorno digital (discreto) simulado. Por ejemplo, el hecho que no se pueda viajar más rápido que la velocidad de la luz impide que logremos alcanzar nunca ciertas regiones de nuestro universo, y por tanto estamos impedidos de viajar al borde del espacio y ver qué hay más allá. Una regla como esas es muy conveniente si uno como experimentador no quiere que el conejillo de indias caiga en cuenta que se encuentra en un laberinto de laboratorio.
Si esa realidad que damos por objetiva e independiente en realidad es una simulación, ¿qué podemos decir de las diferentes interpretaciones que de ella hacemos habitualmente? ¿Se puede hablar de la validez de dichas interpretaciones, si al final todo puede estar pasando en una computadora, como consecuencia de un programa informático muy complejo y elaborado? Si todas estas especulaciones científicas y filosóficas resultaran correctas, ¿tendría razón la metafísica en preocuparse por un universo más allá del que podemos percibir como seres humanos?
Al final la salida de la caverna de Platón significaría escapar del software y conocer el entorno en el que la supuesta simulación está teniendo lugar, aunque Nietzsche podría decir que en ese caso habría que empezar a generar un conjunto nuevo de interpretaciones acerca de dicho entorno. Saldríamos a una caverna más grande...

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